Mauricio Rosencof , Daniel Mordzinski
“Estas palabras son para tu naciente memoria, Inés, eslaboncito último rielado de sonrisas, hijita de hija y de todas estas sangres. El Abuelo”. Esta dedicatoria es lo primero que se lee en Las cartas que no llegaron el libro de Mauricio Rosencof, fundador de los Tupamaros y escritor, dramaturgo y periodista uruguayo. Acaso el libro entero podría resumirse en la dedicatoria: la niñez, la memoria, la sangre, la familia, las sonrisas; sonrisas que no sobran cuando la saga atraviesa lo peor del Siglo XX: los campos de concentración nazis y las celdas de torturas de la dictadura uruguaya. Rosencof “el ruso” sobrevivió 11 años en un calavoso subterráneo. Seamos específicos y lo digamos como él lo dice: once años, seis meses y algunos días. Podría haber contado las horas, si no fuera porque el aire que respiraba estaba en la literatura que escribía en su cabeza, falto de papel y de lapiz. Lo único que podia escribir con las manos, con un pluma entre los dedos eran las cartas de amor que un sargento le pedía para su novia, como si fuera un Cyrano. Sobrevivió gracias a las novelas y las obras de teatro que escribía en su cabeza, pero también gracias a la visita de su hija niña, la ahora mamá de Inés, que llegaba pequeñita y le dejaba poemas, y gracias a la visita de su padre, un bolchevique polaco sastre (“de-sastre”) que una vez se desmayó de tanto esperar bajo el sol para verlo, y cuando los militares le llevaron agua, les respondió: de ustedes no quiero ni el agua. Estos extremos de la vida lo hicieron lo que es, según contó hoy en una emotiva y cómplice charla con Laura Restrepo. ¿La prisión santifica?, le preguntó la escritora colombiana, y él respondió: “No, es una porquería”. Por ser sutil. “Gracias a la literatura –agregó-podía atrapar todos los fantasmas que habitan en un calavoso: no hay más pantalla que uno mismo”.
Mauricio Rosencof ha sobrevivido al horror de la dictadura, ha sobrevivido al naufragio para contarlo, para contárselo a todos pero sobre todo para contárselo a Inés, que ya tiene 16 años, y es sangre de todas sus sangres.
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